Una sombra

Hay un gato negro que siempre viene a casa. No es de acá, será de algún vecino... Siempre viene a robar comida y se pelea con mis gatos. No es que no lo quiera, pero las cosas se ponen tensas cuando se asoma. Por eso lo espanto y lo sigo con la mirada hasta perderlo de vista. 
Es un animal hermoso, de una mirada imponente y de un sigilo impresionante. A veces, no me doy cuenta y lo tengo a pocos metros, observándome entre las plantas o desde algún punto del patio. 
Quiero quedármelo pero no puedo. Porque ya tengo otros gatos, y de conservarlo sería un caos.
Por lo tanto, jugamos el mismo juego. Yo simulo enojo al correrlo y él simula prisa al alejarse. A veces, yo mismo lo subo a la tapia y le doy una palmadita para que siga por el techo. Y al rato vuelve y se queda mirándome desde ahí arriba.
Quiero quedármelo pero no puedo. Ahora lo tengo acá al lado, observándome con esa mirada imponente y persuadiéndome a escribir sobre él. Mis otros gatos duermen, pero será cuestión de un ratito para despedirnos.

Comentarios