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Mostrando entradas de abril, 2018

De almas errantes

Beben y se miran fijamente, casi inertes, casi muertos por dentro. No hay más nadie en el mundo, no tiene la noche más deseo que esperar por ellos.  Se miran abstrayéndose y coinciden al levantar sus vasos. Tienen la cara llena de penas, posan su alma rota a un costado de la mesa. Se miran y no se hablan, no tienen qué decirse cuando en sus rostros es absoluta la miseria. Beben sumergiéndose y se aferran al más duro recuerdo. Nada les importa la vida, más que para perderla de un amargo sorbo. Beben como desafiándose, o quizás, como acompañándose hacia el abismo. Beben y dejan de ser algo. Ya casi no se encuentran, se están yendo como la noche.  Desaparecen y dejan de existir. Desaparecen sus penas y sus cuerpos se adhieren al viento. No sé hacia dónde van, pero a su tristeza la dejan siempre en un vaso lleno. Como dejando cuenta pendiente. Como echándose a vuelo al suspenso de revancha. Ahí es cuando los extraño. 

Todos o ninguno

Miguel Almendro llegó una tarde muy cansado y entre un ir y venir dentro de la casa, se miró al espejo y notó que una extraña mueca le paralizaba el rostro. Era una expresión rarísima que nunca había hecho. Tenía algo así como los ojos desorbitados y pequeños, las cejas arqueadas y los labios tensos; erguidos por las comisuras, dejando a vista uno que otro diente amorfo. Miguel Almendro sonreía y no reparaba en ello. Para él era cosa horrible, puesto que nunca había visto tal imagen en el rostro de alguien, y se consideraba así mismo, entonces enfermo. Nadie sonreía en el trabajo, ni en las calles ni en las plazas. No sonreían ni los niños ni sus madres, ni los hombres viejos ni los jóvenes amontonados. No sonreían ni las aves ni los árboles, ni los ríos ni el viento. No se veía en nada esa cosa que a José Almendro le estaba pasando frente al espejo, y se sintió maldecido. No tardó, por lo tanto, en tratar su aberrante situación con los médicos del pueblo, que no sin quedarse, a pr...