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Mostrando entradas de febrero, 2018

Ánima

Cuenta una leyenda que una vez existió el hombre más hermoso del mundo. Este hombre tan hermoso era un hombre común, pero tenía un truco. El truco sencillamente consistía en mirar a las personas de frente. No es que haya tenido bonitos ojos o una hermosa mirada, sino que en los ojos de este hombre uno encontraba su propia alma. Radiante y pura, como destellos por donde no quedaba vida alguna. Un día, dicen, que se lo vio triste. Conoció una tarde a una bella muchacha y cuenta la gente que ésta le apagó el alma. Murió a la mañana siguiente y lo encontraron con sus ojos abiertos. Esa mañana no tuvo alma, pero en la quietud de su mirada, dicen que seguía siendo hermoso. Que se vio un anochecer y que algunos se volvieron locos.

Fugaz

Tengo una idea que acaba de posar. Espontánea, imponente. Es muy hermosa. Quiero llevarla a casa y hacer de ella un glorioso día. Pero estoy lejos y no me gusta este lugar. La escribo en un papel, la dibujo, apenas la pronuncio a susurros. Desconfío de la gente al pasar y de súbito me la echo al bolsillo. Quiero retenerla y ella me exige atención. Cruzo las calles sin mirar, y los autos me gritan como si estuviese loco. Doblo por la esquina y me detengo a contemplar. Es una cosa muy bella, es una de verdad. Son veloces mis pasos, se emociona por mi esfuerzo. A suave voz me dice: "no te detengas que me estoy yendo." Llegando a casa, la acaricio y le doy besos. Enciendo una lámpara sobre la mesa y sonrío como en un sueño. ¡Si están malditos los días, que me lleven bien muerto! Cual pájaro volando... no queda más historia que este vacío encierro.

Así como subimos, bajamos a los tropezones

Decidimos una tarde reavivar nuestro romance mintiéndonos en la cara diciendo; "es un buen día." Por lo tanto, cargamos unas mochilas y nos fuimos a la montaña. El día estaba gris como enojado. Subimos, al parecer, por el sendero más sinuoso y no sin insultarnos reiteradas veces, llegamos a la cima. O por lo menos, a una altura donde quisimos descansar. Sobre unas rocas nos instalamos. Ella sacó un libro y sin decir palabra se puso a leer. Me quedé viendo cómo se le subían unas hormigas por las piernas y recordé momentos en los que nos queríamos mucho. Momentos que ya no existían pero nos seguíamos acompañando. - Che, ¿está todo bien, negra? - Sí, Raúl... ¿por qué iría a estar algo mal? - Pregunto nomas, qué sé yo... Continuó leyendo y el silencio estuvo como placentero. Me quedé pensando en si realmente las cosas estaban bien, uno no se anda por la vida cuestionándose ese tipo de asuntos, pero quería saber si valdría la pena seguir concediéndonos momentos para, alguna...

Cartas 1

Una mañana, Alberto R., un joven con delirios medicinales, enloqueció tras la muerte de su hermano, escribiendo una carta a sí mismo, interpretando a su fallecido... Léame con atención, Dr. Rodríguez, porque este asunto me tiene dando vueltas desde la mañana y temo por mi salud mental continuar de esta manera. Verá, ayer pasé por su casa con la única finalidad de ofrecerle mi ayuda en el proyecto que usted mismo tituló "garganta de cocodrilo", proyecto en cual se encuentra usted trabajando día y noche para reclamar su lugar en la junta del laboratorio central de la ciudad. Caminaba por ahí cerca y tuve una leve sospecha de que necesitaría una mano para llevar a cabo el proyecto, si es que precisaba de algunos trabajos de fuerza. Bien sabe usted cuánto respeto le guardo... Llegué a su casa y la puerta estaba cerrada. Como deduje que se encontraría trabajando en su taller, decidí saltar las hiedras para adentrarme en el patio y ahí ofrecerle cordialmente mi ayuda. Verá, Dr.,...

Juego de sombras

A pesar del sueño, que fue mutuo, nos desvelamos hacia la luz ardiente de una realidad vacua, desfigurándonos hasta no reconocernos, y sabiendo que lo único propio, al final, sólo era la melancolía del día. A la orilla de un mar tempestuoso, encontramos la calma cuando supimos estar perdidos. Suave desgaste de palabras al balbuceo de no arremeternos, llevándonos a la boca un cansado beso, fue sutil deseo el de querernos bajo el cielo muerto. Caminamos a la deriva cuando nos echamos al viento, la abracé por la cintura como protegiendo... a pesar del sueño, que fue mutuo, fue cuestión de tiempo, saber, que otra vez me abrazaba a un engañoso y bello espectro.

Poema al Hombre Rey

No encuentro nada más fácil que sumergirme en una pena absoluta, cada vez que pienso falazmente que no estamos interesados en querernos en un suelo tan amargo y de aire despiadado... Busca el alma al cuerpo para encerrarse cual mortuoria camera al sueño eterno, y los hombres recelan al amar. Entristecen las cumbres y fortalecen las hiedras cuando envenenado el viento, corre quejumbroso sobre pastizales de melancolía donde debió desfallecer la esperanza. Juegos mórbidos sobre tierras extrañas donde ha de abstraerse el niño perdido de la humanidad. Son vástagos de odio creciendo a la sombra e inevitablemente más bellos que cualquier flor. Envilecen las bestias al saborear la miseria y el cielo muerto clama con fervor su trifulca al romper... Cándidas las aves, vuelan sin entender, son objetos de malicia, se ha expandido el miedo del Hombre Rey.

Micro

Un pequeño árbol yace en medio de la inmensidad de un bosque de árboles inmensos. Sabe que nunca llegará a altura, a sentir el sol, y entristece profundamente. A pocas ganas irgue sus brazos y se conmociona en la penumbra. No conoce el viento. Son caricias de consuelo, cuando la noche se apiada y en sigilo se le acerca. Su corteza es oscura, viste a brotes de asperezas. A veces se lo encuentra como durmiendo torcido, ahí, echando más sombra a la sombra de su tristeza. Como esperando algún buen día, mantiene aposento. Serán pocos los pájaros, pero muy grande el deseo. De vez en cuando, se abre vista entre débiles hojas, y sueña con fervor el cielo pleno. Luego muere al desvelo y se hace tumba en su tierra melancólica. Hierba mala crece donde uno ha de morir. El suelo está sediento, son espectros de la inmensidad.

A la inspiración

Deseaba con tanto ímpetu encontrarla, aunque sea envuelta entre lechugas de una ensalada, y decir: "es casi ella, pero no es." Deseaba sorber su aliento y saber que existía en cada taza de café, arrugándome los ojos por las mañanas cuando, cristalizadas, tuve las más brillantes ansias de vivir. Mantuve con entusiasmo su recuerdo y acampé cada vez que me sentí cansado. En cada cúspide al retroceso, ahí me quedé contemplando. Tenue momento, abrigándome al fulgor de una cálida ofrenda que arrastraba el viento. Cuando no tuve más que un pensamiento de blanco opaco, supe que estaba perdiendo. Extraña manera de invocarla, pronunciando vocablos muertos al aire. Sabiendo que no volvería, la hubiese encerrado. Si tan sólo pudiera decirle: "sos mía y no te andes por ahí", quizás hasta podríamos escribir juntos; un bellísimo poema de amor.