Ventoso

No queda más que el viento de la tormenta, más que los suspiros y el silencio de los golpes. No queda más que organizar el desastre, más que sentarse sobre el pasto y observar las nubes, yéndose, empujándose entre ellas.
No queda nada, más que creer en que aún hay algo, más que por costumbre levantarse y comenzar de nuevo, más que la vida misma, más que el orgullo, más que el espíritu. 
No queda más que nubes en el cielo, yéndose, empujándose entre ellas, más que la ausencia de la tormenta, más que el viento, que ya no golpea.
No queda nada, nada de nada, excepto todo lo que fue antes de la tormenta, que ya no está pero que con dolor se recuerda, más que nada, y entonces, es algo.

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