Todos o ninguno

Miguel Almendro llegó una tarde muy cansado y entre un ir y venir dentro de la casa, se miró al espejo y notó que una extraña mueca le paralizaba el rostro.
Era una expresión rarísima que nunca había hecho. Tenía algo así como los ojos desorbitados y pequeños, las cejas arqueadas y los labios tensos; erguidos por las comisuras, dejando a vista uno que otro diente amorfo.
Miguel Almendro sonreía y no reparaba en ello. Para él era cosa horrible, puesto que nunca había visto tal imagen en el rostro de alguien, y se consideraba así mismo, entonces enfermo.
Nadie sonreía en el trabajo, ni en las calles ni en las plazas. No sonreían ni los niños ni sus madres, ni los hombres viejos ni los jóvenes amontonados. No sonreían ni las aves ni los árboles, ni los ríos ni el viento. No se veía en nada esa cosa que a José Almendro le estaba pasando frente al espejo, y se sintió maldecido.
No tardó, por lo tanto, en tratar su aberrante situación con los médicos del pueblo, que no sin quedarse, a primera impresión, atónitos, le dijeron que sufría de una enfermedad terminal: "Este hombre trae consigo la peor de las pestes en el mundo. Está acabado. Disculpe Sr. Almendro, pero su problema no tiene solución. Nada hay que podamos hacer para curarle."
Ante esas durísimas palabras, Miguel Almendro agachó su cabeza y se cubrió el rostro llorando en una pena absoluta.
Cuando se volvió a la mirada de los doctores, para despedirse, para morir, su semblante ya no era el mismo. Una profunda tristeza le derretía la cara y a través de sus ojos negros y sin brillo, como cuevas en la montaña, sólo vio a sus doctores fruncir el ceño y decir: es un milagro.
Miguel Almendro volvió a su casa, se miró al espejo, apagó la luz y durmió tranquilo. Nada fue raro al día siguiente, ni al siguiente...

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