Mi Juan Carlos querido

Nos amábamos al tiempo en que se erguían las comisuras de sus labios bellísimos. Los míos, un tanto deformes, se entreabrían dejando al descubierto uno que otro diente amorfo para contrastar el ocaso. 
Sus ojos hermosos exigían encanto, mientras que yo, como un soldado descuartizado agonizando el orgullo, intentaba mostrarme sediento por cualquier victoria, cuando realmente lo único que quería era acostarme a pensar si merecía una mujer hermosa.
Cuando había disputa, ella tenía sueño y se acostaba a dormir como una princesa de relato alemán.
Cuando había disputa, yo me sentaba posteriormente a los pies de su cama a darle cuerda inversa a una cajita musical intentando volver el tiempo hasta quedarme también dormido.
Un día nos casábamos en el bosque, y al llegar al lugar pude divisar a lo lejos que ella llevaba un vestido hermosísimo como el cielo mismo. No obstante yo, con mis vestiduras andrajosas de alquiler, me detuve a apenarme detrás de un árbol conteniendo el llanto.
Nos casamos y tuvimos tres niños; Pablito, José y Juan Carlos, y fuimos felices por un buen tiempo.
Un día yo morí y ella se casó con un tipo esbelto y adinerado. Juan Carlos es el único que me recuerda. 

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