Por el camino
Permanecía tirado a varios metros del coche, el cual ya comenzaba a desintegrarse entre las llamas furiosas del fuego.
La carretera se encontraba demasiado lejos, pues el vuelco me había desviado rotundamente hacia los pastizales, dejándome así en medio de la nada de aquella tarde.
Al intentar incorporarme, noté la ausencia de mis piernas, las cuales se hallaban a poca distancia esparcidas sobre los pastos. Faltaba también un brazo, la mitad del otro y algunos dientes. ¡Qué desastre! Debía resolver el asunto cuanto antes si quería conservar mi empleo, pues la reunión a la que me dirigía no iba a esperar mi asistencia y en su defecto, no iba a haber una segunda oportunidad.
- ¡Oigan ustedes, malditas! ¡Enseguida regresan a este cuerpo o de verdad que la pasarán muy mal!
Tontas desagradecidas. Debería haberlas abandonado en cuanto hube de tener la primera oportunidad.
El calor del sol castigaba cada vez más fuerte y estaba sediento como un perro.
- ¡ Está bien! ¡Allá ustedes! ¡A pisar soretes adonde se les den las ganas! ¡Quién las necesita...!
¡Hey, estúpido! ¡¿Tú eres mi brazo, no es cierto?! ¡De inmediato vienes aquí y terminamos con esto!
Debía ser inteligente esta vez, pues no quería que se repitiese lo acontecido con las piernas.
- ¿ No querrás andar merodeando por ahí solo, o sí? Y ya sabes cómo son esas malditas. Sé que no aguantarías ni un puto día con ellas. ¡vamos! ¡ven aquí y larguémonos! Verás, sólo necesito arrastrarme hasta la carretera para conseguir un aventón. ¡vamos, chico, sé que tú puedes!
Estaba seguro de poder lograrlo pero no tardé en darme cuenta de que otra vez estaba echando palabras al aire para nada.
- ¡ A cagar, cabrón! ¡Que te pudras bajo el sol, miserable!
Carajos. Ahora estaba realmente jodido, sólo quedaba un antebrazo izquierdo que colgaba de una planta a muy poca distancia de donde yo estaba.
- ¡ Tú, pequeño! ¡¿Qué mierda haces ahí?! ¡Ven y nos iremos de vacaciones, chico! ¡¿Qué quieres?! ¡¿ Un tatuaje?! ¡¿Pulseras de oro?! ¡¿Algunas mujeres para tocar?! ¡Tengo lo que necesitas! ¡Sólo ayúdame a salir de aquí y verás que soy un tipo de palabra!
Todo estaba perdido. Con tan sólo espuma en la boca esperaba mi muerte.
El sol era bello, radiante como él mismo podía ser, ahora condicionaba mi agonizar.
No había sido una buena vida, no moría conforme. Todos mis estúpidos sueños se evaporizaban en aquella tarde. Había dedicado todo mi tiempo a trabajar y me había dado cuenta de que había desperdiciado mi vida.
Pero, cuando ya con los ojos cerrados y con los últimos suspiros, fue que escuché algo caer a la tierra. Era él. Sí, el pequeño se acercaba abriéndose paso entre los pastos.
- ¡Muy bien, cabrón! ¡Sabía que podías lograrlo!
No tardó en llegar y sin perder tiempo, se reintegró con el resto de mi brazo.
- ¡Vamos, chico! ¡Vamos, hacia la carretera!
Aún estaba a tiempo para llegar a la reunión.
Ya a un costado de la carretera levanté mi único brazo a la vista del primer coche que se avecinaba.
- ¡Aquí viene! ¡Sacúdete, cabrón!
Un Ford color negro se orilló. Me arrastré con elegancia hacia el coche para no asustar al conductor. Se abrió una puerta y por allí subí.
- ¿Hacia dónde te diriges, tío? - Preguntó un joven guapo y maloliente mientras ponía en marcha el motor.
- Hacia Malesia.
- ¡Suerte la tuya! Hacia allí también me dirijo...
- Fantástico.
Torció la mirada hacia mí y luego miró de súbito hacia la carretera.
-Una tarde calurosa. ¿No?
- ¡Qué va! Ni hablar...
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