La casa del viejo Mejides
De cualquier manera que hubiese querido escapar, habría sido un gran error. Así lo pensó Juan Albertito cuando sus perversos amigos lo encerraron en un oscuro cuarto de la antigua casa del viejo Mejides.
Habría sido un gran error intentar escapar porque afuera lo esperaban con piedras y risas contenidas de purísima maldad.
Se quedó un rato mirándolos a través de un vidrio sucio de la ventana, y al notar que no se irían, se desplomó de amargura quedando sentado en el piso del cuarto. Suspiró unas tres veces y fijó su mirada triste en un polvoriento cuadro que pendía de un clavo en la pared de enfrente.
En el cuadro notábase una viejita de rostro muy dulce, sentada a una mesa y tomando algo así como el té. A sus costados inferiores se posaban dos gatos pardos y un perro pintado a pocas ganas. La mirada de la viejita dulce apuntaba hacia una ventana por donde entraba la luz y reflejaba un melancólico momento de atardecer.
Albertito se quedó mirando un largo rato el cuadro. Observó todos sus detalles detenidamente y dedujo cosas como que la mesa estaba rota, los animales tenían poca vida y que en la mirada de la viejita simplemente no había brillo. Notó también que detrás de ella se posaba una sombra casi perdiéndose en la oscuridad pero sujetando uno de los hombros de la anciana. Se puso de pie y caminó cautelosamente hacia el cuadro. No sin precipitarse, sopló con gran fuerza hacia el retrato, y luego de quitar con la mano lo que restaba del polvo, descubrió casi desmayándose que la sombra no era más que el viejo Mejides con un semblante macabro y sujetando con fuerza a su esposa. La mujer estaba llorando y los animales figuraban muertos. Ante semejante situación espantosa, Albertito quiso escapar, pero apenas se dio vuelta para encontrar la ventana, lo que encontró fue nuevamente el cuadro posando frente suyo, giró otra vez y sólo seguía topándose con aquella cosa horrible que parecía querer encerrarlo para siempre en las penumbras del cuarto.
Finalmente gritó a más no poder, y ante la desesperación por librarse de aquello, tomó el retrato y lo destruyó contra el piso. Sintió ceder una vibración en las paredes y apareció aquella ventana roñosa. Rompió con sus puños los vidrios y con las manos ya ensangrentadas, forzó la madera para salir.
Mientras corría de espanto, alejándose y sin entender lo sucedido, una lluvia de piedras caía sobre su cuerpo. No le importaba el dolor de los golpes ni las risas de sus amigos, sólo quería llegar a casa para refugiarse y abrazar a sus dos gatos pardos y su perro.
Habría sido un gran error intentar escapar porque afuera lo esperaban con piedras y risas contenidas de purísima maldad.
Se quedó un rato mirándolos a través de un vidrio sucio de la ventana, y al notar que no se irían, se desplomó de amargura quedando sentado en el piso del cuarto. Suspiró unas tres veces y fijó su mirada triste en un polvoriento cuadro que pendía de un clavo en la pared de enfrente.
En el cuadro notábase una viejita de rostro muy dulce, sentada a una mesa y tomando algo así como el té. A sus costados inferiores se posaban dos gatos pardos y un perro pintado a pocas ganas. La mirada de la viejita dulce apuntaba hacia una ventana por donde entraba la luz y reflejaba un melancólico momento de atardecer.
Albertito se quedó mirando un largo rato el cuadro. Observó todos sus detalles detenidamente y dedujo cosas como que la mesa estaba rota, los animales tenían poca vida y que en la mirada de la viejita simplemente no había brillo. Notó también que detrás de ella se posaba una sombra casi perdiéndose en la oscuridad pero sujetando uno de los hombros de la anciana. Se puso de pie y caminó cautelosamente hacia el cuadro. No sin precipitarse, sopló con gran fuerza hacia el retrato, y luego de quitar con la mano lo que restaba del polvo, descubrió casi desmayándose que la sombra no era más que el viejo Mejides con un semblante macabro y sujetando con fuerza a su esposa. La mujer estaba llorando y los animales figuraban muertos. Ante semejante situación espantosa, Albertito quiso escapar, pero apenas se dio vuelta para encontrar la ventana, lo que encontró fue nuevamente el cuadro posando frente suyo, giró otra vez y sólo seguía topándose con aquella cosa horrible que parecía querer encerrarlo para siempre en las penumbras del cuarto.
Finalmente gritó a más no poder, y ante la desesperación por librarse de aquello, tomó el retrato y lo destruyó contra el piso. Sintió ceder una vibración en las paredes y apareció aquella ventana roñosa. Rompió con sus puños los vidrios y con las manos ya ensangrentadas, forzó la madera para salir.
Mientras corría de espanto, alejándose y sin entender lo sucedido, una lluvia de piedras caía sobre su cuerpo. No le importaba el dolor de los golpes ni las risas de sus amigos, sólo quería llegar a casa para refugiarse y abrazar a sus dos gatos pardos y su perro.

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