Siesta de Agosto

Hay placeres tan bellos que no necesitan una explicación coherente para disfrutarlos. Como contemplar al gato lamiéndose las patas, o como mirarla desde ahí, comiendo mandarinas bajo el sol y escupiendo, con sagaz puntería, las semillas a una pequeña flor en el patio de casa.
Además de escupir, también tenía talento para cantar, o algo así. Entonces, apretaba con sus manos las cáscaras de las mandarinas y entonaba ciertas melodías que nunca terminaba. Las letras hablaban de amor, café, barrios pobres y estaciones de trenes, entre otras cosas.
Me gustaba mirarla desde ahí porque no éramos felices estando juntos. Nos amábamos pero casi ni nos hablábamos. A veces la sorprendía observándome desde el marco de la ventana cuando trabajaba en el taller. Hacía unos gestos rarísimos y se retiraba de inmediato.
Por las noches, conversábamos unas pocas cosas y nos abrazábamos antes de dormir, como compensando la ausencia.
Creo que simplemente no estábamos encaminados a estar juntos. Nos conocimos una mañana en el vigor de una multitud, sólo para querernos en soledad.
Quizás a mí me gustaba esa melancolía, mirarla ser ella misma, desde ahí, con sus mandarinas y escupiendo. Aunque cuando ella era la que me observaba, sentía que no lo hacía por gusto, sino por tristeza. No éramos más que un viento frío al borde del acantilado. Vacío. Terrible.

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