Encendido/apagado


Salí de la escuela, me subí el pantalón, crucé la calle, pateé unas piedras, le sonreí a una niña y al llegar a casa, mi hermano me dijo que papá se había muerto. 
Pasé por la cocina y con temor me acerqué a la habitación donde estaba mi madre. Apenas asomándome, a corta vista, la observé un rato ahí tendida. Estaba desparramada sobre la cama, casi inerte y llorando, llorando y maldiciendo. Maldecía y hablaba sola. Decía cosas inconexas; cosas de algo así como amor, odio y dinero. La miraba y ella no se daba cuenta. Tuve ganas de hablarle pero, de un tirón, mi hermano me llevó hacia atrás y me dijo que ahora debía comportarme. Le pregunté qué le había pasado a papá, sin embargo, sólo me dijo que permanezca en mi cuarto.
Jugué con unos muñequitos sobre mi cama y recordé cuando con papá intentamos arreglar el auto. 
Era una mañana calurosa de marzo y no había asistido al colegio por una fiebre que me vapuleaba desde hacía dos días. 
- ¡Arriba, hijo! ¡Hoy te enseño a ser mecánico!
- Pa, pero si estoy enfermo…
- ¡Shh! No vengas con eso. Los mecánicos no se enferman…
Estuvimos toda la mañana intentando. El problema persistía y mi padre se frustraba a grandes suspiros, de cabeza al motor y con los brazos cansados. Yo lo miraba desde el interior del vehículo y esperaba el mágico momento de poder encenderlo. Pero sólo permanecía ahí en silencio, viéndolo luego patear las herramientas y golpearse la cara. 
Papá había sido un pobre tipo. Quizás en ese momento, observándolo a través del parabrisas del auto, podría haberme dado cuenta de la simbología de sus actos. De verdad que lo había intentado, con todo, hasta con su propia vida. Pero, así como dejan de funcionar motores, también se había tomado un descanso el de mi padre. 
Reparé el auto quince años después de su muerte. Simplemente le pagué a un mecánico y cuando tuve la oportunidad de volverlo a encender, ahí lo vi, a través del parabrisas, a mi difunto viejo diciéndome: “¡Ahí está, hijo! ¿viste que no era tan difícil?”





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