Mirando fijo a una mujer sorda
Tengo tantas ganas de que pase algo diferente que hasta me
abstraigo, de manera tan sagaz, a una ficción que ya está sucediendo. Entonces, todo lo que antes estaba haciendo, ahora me resulta sorprendentemente
nuevo, como los cigarros que huelen raro, o como un montón de gente en la que pensaba
con gesto cálido, ahora me parece tenebrosa y desconocida.
Son un montón de cosas que cambian, si quiero, y que de
alguna manera me gusta. Pienso, por ejemplo, en un examen fallido de literatura,
pero sólo me concentro en la idea imponente de haber obtenido un gran éxito en el
suceso de la materia. Cosa que ahora me tuerce una malévola sonrisa al creer
poder manipularme sobre mis actos.
Sabiendo que es mentira, sólo tengo a punta de lengua
argumentos que lo contradicen. Entonces, quizás no tengo tantas ganas de que algo diferente suceda, no exactamente así, sino que encuentro que lo que
realmente quiero es mentirme a mí mismo y sacar provecho momentáneo, como para
perderme un rato por necesidad, como quien, a campo abierto, busca defecar.
Utilizando, entonces, este extraño recurso, después de
fraguar y arreglar tantas cosas, en mentira, de mi vida, encuentro que podría
tratar de resolver un asunto de la infancia que hasta el día de hoy recuerdo. La
situación verdadera fue la siguiente: una tarde, en invierno, trepamos al árbol
de mandarinas en la casa de un amigo. Siempre lo hacíamos, puesto que el árbol
se alzaba a ramas desprolijas sobre la vereda y tentaba a la travesía de
recolectar sus frutos.
Con las remeras a cambucho, ahí cada uno depositaba la
cantidad posible de mandarinas que el tiempo pudiese ofrecer, antes de que el
viejo y amargadísimo señor de la casa nos comience a apedrear con su gomera,
inclusive a su propio hijo.
Esa tarde, antes de los gomerazos del viejo, uno de mis
amigos me dijo: “probá, ésta está podrida, pero si la probás, cuando bajemos te
doy todas mis mandarinas…” “A ver…” le dije yo. La probé como un inmenso
estúpido y comencé a vomitar, mientras y al instante, el viejo me acertaba
puntería sobre la espalda. Vomité, me apedrearon y caí de lleno sobre el piso.
Sólo pude ver bolitas naranjas rodar sobre el pavimento. Mientras desfallecía,
por detrás oía la risa asquerosa y seca del viejo y padre de mi amigo.
En fin, el suceso sólo fue ese, pero ahora, al mentalizar,
mintiéndome, sólo me concentro en que no fui yo quien vomitó, ni a quien apedrearon,
ni quien cayó al suelo, sino que soy yo, ahora, ese viejo asqueroso, asquerosísimo,
riéndose por la ventana y destruyendo la infancia de un par de pibes… y la
verdad, la verdad es que me parece bien.
Comentarios
Publicar un comentario