Son ojos sin brillo
Sepa usted, quien esté leyendo, sepa que me duelen las
rodillas, los brazos, las orejas, los codos, el espíritu, el alma, todo lo que
a mí respecte, sepa que me duele y me duele sobremanera. Sepa usted del magno
esfuerzo que hago al contarle esto, que hago al contar y tratar de librarme de tan
horrorosa bestia que ya no me permite ni un momento en paz. Déjeme contarle y
no se vaya. Déjeme decirle lo que aquí dentro ha pasado, aquí dentro de mí, dónde
no sé bien, pero aquí se ha alojado a convivir conmigo una cosa extraña con
aires de malicia y fuerzas inmensas que golpean de súbito noche y día.
No sé cómo seguir contándole, pero le voy a decir que una vez
tuve un sueño. En la ficción, me encontraba sentado en una plaza y observaba
cómo el viento meneaba las ramas de un árbol enorme. Era por la noche y el
silencio, casi absoluto. Sólo se escuchaba toser a alguien a varios metros
detrás de mí. Los tosidos cada vez se escuchaban más cerca y mi cuerpo se
mantenía estático. Intentaba voltearme pero me resultaba imposible. Cuando la
desesperación fue vasta, sólo oí esa voz decir:
-
- - “Ahora te toca sufrir…”
- - Pero ya sufrí mucho…
No encuentro cómo explicarle, entonces, lo acontecido porque,
desde esa misma noche, mi vida empeoró terriblemente. Sepa que he olvidado los
buenos recuerdos y observo al mundo como una cosa muy triste. No encuentro nada
a la vuelta de la esquina que me emocione y ni siquiera el cielo me conmueve.
No sonrío al mirarme y la gente tampoco sonríe.
Los perros se amontonan con frío y mis pasos por las calles son
frecuencias de amargura adosándose al piso. Sepa entonces, usted, de mi
tragedia. Entérese ahora de cómo veo pasar los días y que no me ha quedado nada
más que un montón de miseria. Pero sepa, sobre todo, que esa cosa que me ha
condenado para siempre en aquél sueño, ha jugado muy vil pero descuidadamente.
Como le dije, he olvidado los buenos recuerdos, pero cada vez que cierro mis
ojos, cansados y tristes, por las noches, veo una pequeña luz. Tan sólo es un
instante. Sin embargo, es una pequeña luz y es de felicidad. Apenas distingo en
la penumbra. Es una sonrisa de una mujer que conocí días antes de mi terrible
sueño. No la he vuelto a ver, quizás porque a nadie le gusta la gente triste y,
si usted me entiende, las personas tristes siempre andamos a solas. Pero sepa,
usted, que yo soy feliz en ese instante, justo antes de quedarme dormido,
sucede ahí. Es tan sólo un momento, pero sepa, entérese y emociónese, si
quiere, que, a pesar de que comienzo cada maldito día con la cara llena de
tristezas, me las ando por ahí con los ojos apagados sólo esperando una cosa,
un momento, un instante; una luz, una sonrisa borrosa, un instante apenas bello…
y eso para mí, sepa, usted, que es mi consuelo y victoria sobre este mal.
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