A medio abrir
“Es lo que hago”, le dije, y aún no comprendiendo yo mismo la
ambigüedad absurda de lo que acababa de decir, a pocas ganas y sin espíritu,
agregué: “pinto porque quiero hacerlo”.
Me miraba como un enorme trozo de muro impenetrable. O me
miraba como viendo una grieta temerosa de mi alma. Me echaba sus ojos encima y
sentíamos el fluyente del río.
Resuelta en su mirada, era yo un viento por sus cabellos. En
sus manos llevaba un lirio y me acariciaba el rostro como consolando, sus manos…
Me quedé dormido en sus brazos y en un sueño la escuché
susurrando. No sólo somos lo que hacemos, sino también lo que sentimos de lo
que nunca fuimos, como fugaces y el tiempo, corrompido por recuerdos que nunca
existieron. Fulgor inexacto de una mente que no maquino.
Comentarios
Publicar un comentario